martes, 22 de abril de 2008

Ultimátum Violeta - Guillermo Arriaga - Cuento


Guillermo Arriaga

(1984)

Retorno 201 - Cuentos
Editorial Norma

A hugo Hiriart

1

Todo empezó por una garrapata que se prendió del brazo de mi hermano Luis. Se le adhirió durante una de las tantas cacerías que hacíamos y la descubrió una mañana mientras se bañaba. Salió de la regadera envuelto en una toalla y orgulloso fue a mostrársela a mi hijo Josué.

––Mira nada más lo que traigo aquí ––dijo enseñándole el brazo.

––¿Qué es eso? ––preguntó Josué.

––Una pinche garrapata.

La observamos entre los tres. Estaba gorda, hinchada de sangre y tan pegada a la piel que parecía un lunar.

––No te la arranques ––le dije––, se te puede infectar. Mejor tállate con alcohol para que se desprenda sola.

Mi hermano parecía feliz de tenerla incrustada.

––A ver Josué, tráeme la lupa.

Josué la trajo y Luis se puso a observarla.

––Carajo, miren, está bien clavada ––nos dijo al mismo tiempo que nos hacía mirar por la lente.

Luis trató de tomarla con sus uñas, pero la garrapata se encontraba firmemente enterrada, sus patas habían taladrado hábilmente la piel.

––Ya te dije que no te la arranques, se te va a quedar dentro la cabeza y se te puede infectar ––insistí.

Luis no hizo caso: se la arrancó.

2


Tal y como se lo había advertido a los cuantos días apareció una pequeña erupción rojiza.

––No es nada ––dijo despreocupado.

A la semana la erupción creció hasta el tamaño de una pelota de ping-pong llena de pus.

––Luis, debes ponerte algo, mertiolate, agua oxigenada…

––Al rato se me pasa, solo se me inflamó un poquito.

La infección aumentó: ahora la hinchazón adquiría la forma de una bola de billar.

––Pero carajo ¿por qué no vas a ver a un doctor? ––le recriminé.

––Pinches doctores no sirven para nada.

La pus empezó a brotar por sí sola acompañada por un líquido amarillento de consistencia espesa. La piel de alrededor se amorató. Luis casi no podía mover el brazo.

Alarmado le llamé la atención.

––Ya ni la friegues Luis, ¿qué no piensas curarte?

––¡Oh! Hombre, no seas escandaloso, verás que mañana se me quieta.

Y cuando mañana fue el día siguiente Luis despertó con fiebre altísima. Se quejó de dolores y punzadas en el hombro. Ni aun así mostró interés en recibir asistencia médica.

Contra su voluntad llamamos a un doctor. Luis protestó vehementemente, pero no nos importó. El doctor llegó e intentó revisarlo, pero él se negó una y otra vez, hasta que la debilidad provocada por la fiebre lo hizo rendirse.

El médico analizó con cuidado la herida. La tocaba, la punzaba, la exprimía. Luis dejaba escapar leves gemidos de dolor.

––¿Cómo es posible que se haya descuidado tanto? ––le dijo el médico con un gesto de reproche.

––Ya ve doc, cosas de la vida.

––Tiene usted una fuerte infección, pero todavía podemos controlársela ––dijo, y continuó dirigiéndose a mi esposa––. Va a ser necesario que se tome estos antibióticos, dos cada cuatro horas durante quince días.

Anotó en un papel el nombre de la medicina y agregó:

––Es necesario que vaya a mi consultorio para que le drene y le limpie la herida.

Mi mujer y yo escuchamos atentos las instrucciones, en tanto mi hermano sonreía burlón. Apenas salió el médico y dijo:

––Ya ven, estos tipos no sirven para nada.

Mi esposa Enriqueta era la más preocupada de todos y se encargó de que Luis cumpliera con las órdenes del doctor, pero Luis no puso de su parte.

––¡Ay cuñada! Vamos a hacer una cosa, me tomo las malditas pastillas una semana y si para entonces no me curo voy a que el güey ese me pique el brazo, ya sabes cómo me dan miedo las agujas.

Enriqueta y yo consentimos.

3


Luis nos engaño a los dos. Hacía como si se tomara los antibióticos para escupirlos después. Nos dimos cuenta de ello demasiado tarde: la infección se había extendido. Abultado, de color violeta, el brazo comenzaba a emanar un fuerte olor. La pequeña herida se había transformado en una llaga de cinco centímetros que exudaba pus continuamente y segregaba un líquido viscoso.

4


Josué llegó a verme con cara compungida.

––Papá, ya no quiero ir con mi tío Luis, me da asco.

––No digas eso, qué no ves que está enfermo.

––Sí, pero apesta.


5


Volvió el médico y molesto nos increpó por no haber seguido sus instrucciones. Luis ardía en calentura, pero aún así seguía con su actitud insolente.

––Para qué le busca doc, no tengo nada.

El médico no respondía. Lo auscultaba con gravedad, moviendo la cabeza de un lado a otro. Luis no cesaba de vacilarlo. El doctor terminó y salió del cuarto. Yo tras él.

––¿Qué pasa? ––le pregunté con angustia.

––Tiene el brazo completamente gangrenado.

Se me hizo un nudo en la garganta.

––¿Y?

––Hay que amputárselo.

––¿Qué?

––No hay otro remedio

Lo despedí en la puerta con los ojos humedecidos. Enriqueta me alcanzó. Estaba preocupada. Yo furioso.

––¿Qué sucede mi amor? ––me preguntó.

––Es un imbécil… un verdadero imbécil ––le contesté sollozando––. Tienen que cortarle el brazo.

6


Luis vivía con nosotros desde la muerte de mi madre y no sé por qué siempre tuve la idea de que era mi responsabilidad cuidarlo. Entré a su cuarto a hablar con él.

––Estás muy mal Luis, mal de verdad.

Volteó a verme despacio. Apenas podía moverse, se veía débil.

––¿Ahora con qué salió el güey ese?

Con dificultad traté de explicarle.

––Tienes… el brazo… lo tienes gangrenado.

––Y ¿qué con eso?

––Tienen que amputártelo.

––A poco el baboso cree que me voy a dejar.

Exploté.

––Pendejo, pendejo, no ves que se te pudrió el brazo, lo tienes podrido, p-o-d-r-i-d-o.

No podía controlarme. Empecé a gritar con rabia.

––Idiota… idiota...

Me daban ganas de abofetearlo, de hacerlo reaccionar, pero Luis no se inmutó. Al contrario, sonrió cínicamente.

––Mientras no se me pudra el pito todo va bien ––me dijo alegre.

Salí del cuarto azotando la puerta. Enriqueta me detuvo.

––¿Qué pasó?

––Está loco, loco.

7


Luis no aceptó ir a un hospital, ni que lo atendiera otro médico. Pese a todo se le veía de buen humor. La fiebre había disminuido y de nuevo Luis deambulaba por la casa. El brazo, que le colgaba lastimosamente, había adquirido un tono grisáceo. La herida, lejos de cicatrizar, se hundía en la carne.

Enriqueta y yo pensamos en sedarlo y llevarlo subrepticiamente a un hospital. Una noche mi hermano, como si adivinara nuestros pensamientos, entró a la recámara.

––Por favor ––nos dijo––, no se les vaya a ocurrir tratar de hacer algo por mí.

––Pero es que…

––Al fin y al cabo es mi vida ¿o no? ––nos dijo secamente.

––Sí, pero arruinas las nuestras le reprochó Enriqueta.

––¿Quieren que me vaya? ––nos dijo mirándonos con dureza.

––No, no, de ninguna manera ––corrigió mi esposa.

––Está bien Luis ––le dije––, no vamos a hacer nada.

Luis sonrió victorioso. Al fin y al cabo era su vida, y en eso él tenía la razón.

8


Al día siguiente Enriqueta y Josué se fueron de la casa por tiempo indefinido.

9


Toda la casa se hallaba impregnada de su aroma putrefacto. No había rincón en el cual no se percibiera la fragancia de su descomposición. Era tal el asco que se me dificultaba comer, bber, dormir. Una náusea permanente regurgitaba en mi garganta. Deseaba abandonar a Luis, dejarlo necrosarse solo, pero terminaba por vencer el sentimiento de solidaridad fraterna.

Luis continuó su vida normal sin salir de casa. Leía el periódico, veía la televisión, desayunaba lo de costumbre: un café y unos huevos revueltos. Parecía no preocuparle en absoluto su estado.

Un día se quitó la camisa enfrente de mí. L brazo infectado colgaba muerto, cubierto de oscuras tiras de pellejo. El hombro y la parte alta de la espalda habían adquirido la tonalidad parda de la gangrena. Por dentro la camisa se hallaba empapada del flujo maloliente. Tuve que contenerme para no volver el estómago.

10


En pocos días la gangrena se extendió por la espalda, las nalgas y la parte posterior de los muslos. Mi hermano ya no se vestía y caminaba con dificultad. La pus escurría por su cuerpo y el olor que emanaba se había tornado insoportable. Para estar cerca de él era necesario que me tapara la nariz y la boca, aunque empezaba a acostumbrarme al espectáculo de su carne putrefacta.

En ocasiones nos sentábamos a charlar en mi habitación. El tema recurrente el de nuestra infancia. Le agradaba rememorar partidos de fútbol que jugamos juntos. Luego arrellanaba su carne inservible en el sillón y se dormía.

11

Por fin llegó el día en que su cuerpo entero se pudrió. Solo su cabeza quedó a salvo. Hablaba arrastrando las palabras, con la lengua hecha nudos. Ya no podía mover ninguno de sus músculos inútiles. La fiebre lo hacia delirar. Gemía. Gritaba:

––Los gorilas… los gorilas…

––No hay ningún gorila Luis, ninguno ––le decía procurando calmarlo.

––Los gorilas… los gorilas…

Abría desmesurado los ojos. De su boca escurría una baba espesa, que resbalaba lenta. Y yo lloraba.

12


Una tarde Luis me llamó. Se veía sereno y calmado.

––Ven por favor me dijo. Me acerqué a él––. Trata de sentarme frente a la ventana ¿si?

Lo levanté en vilo, pesaba ya muy poco. Lo acomodé en un sillón justo en el lugar que siempre había preferido. Por la ventana aparecía un paisaje citadino, nublado, gris. Oscurecía y algunas luces se encendieron en la casa de la esquina. Luis sonrió y empezó a cantar. Las palabras corrieron fáciles por su boca y no se trabó ni una sola vez. Acabó y volvió a sonreir.

––¿Qué me ves? ––me preguntó.

––Nada.

––¿Te pasa algo?

No le contesté.

––Qué fea está la tarde ¿verdad?

––Algo…––le contesté con la voz entrecortada.

––No sabes cuánto me gustaría volver a ir de cacería.

¿Vamos?

Sonreí entristecido. Luis sonrió conmigo.

––Estás enojado.

––¿Por qué lo hiciste?

––Nomás… porque sí.

A lo lejos se escuchó el silbato de un tren. Luis imitó su sonido.

––Tuuuu… tuuuuuu… ttuuuu

Se calló y cerró los ojos. Fue lo último que le oí.

13


Tuvimos que cambiarnos de casa. EL aroma corrompido de Luis se había fijado en cada pared, cada resquicio. Su fantasma se nos presentaba en forma de vaharadas hediondas.

14

Enriqueta y yo nos distanciamos. El contacto de nuestros cuerpos nos parecía repugnante y ambos, al hacer el amor, sentíamos acariciar pieles purulentas. No pudimos más y al poco tiempo nos divorciamos. Ella partió con Josué, a vivir en casa de unos parientes suyos, lejos de aquí.

15

Hoy he regresado de cacería y he descubierto una garrapata aferrada a mi pantorrilla derecha. He decidido arrancármela.


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Guillermo Arriaga Jordán, nació en 1958 en la Ciudad de México, es un laureado escritor, guionista y productor mexicano ( + wikipedia )


2 comentarios:

pablo dijo...

Llegue aquí desde "música que cuelga" esperando encontrar un blog musical y me veo gratamente sorprendido por este bello relato, gracias por compartirlo.
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http://jazztmusic.blogspot.com

marleen dijo...

Es bien impresionante esta historia
es pero que no sede en vida real. que las personas apesar de los problemas sigan luchando.XD